Era el 22 de junio de 1986 en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, y 114,580 almas se congregaban para presenciar no solo un partido de cuartos de final del Mundial, sino una contienda cargada de un simbolismo que trascendía lo deportivo.
Cuatro años antes, Argentina e Inglaterra habían librado una guerra por las Islas Malvinas, un conflicto breve pero sangriento que dejó una cicatriz profunda en la psique argentina. En el césped del Azteca se presentaba, ahora, la oportunidad de una revancha diferente.
Diego Armando Maradona a sus 25 años era ya una figura de renombre mundial, un talento generacional que había deslumbrado en Argentinos Juniors, Boca Juniors y Barcelona. Pero era en ese Mundial de México 1986 donde estaba forjando su leyenda, llevando sobre los hombros las esperanzas de una nación entera. En el minuto 51, llegó el momento que definiría a Maradona para siempre.
Tras una pared fallida con Jorge Valdano, el balón se elevó en el aire, un regalo involuntario del defensor inglés Steve Hodge. Maradona, siempre astuto, siempre un paso por delante, corrió hacia el área, donde el portero Peter Shilton —20 centímetros más alto— se preparaba para despejar. En un instante que desafió la lógica y las reglas, Diego saltó, no con la cabeza sino con el puño izquierdo extendido, y desvió el balón hacia la red. El estadio estalló en una mezcla de júbilo y confusión. Los jugadores ingleses rodearon al árbitro tunecino Ali Bin Nasser, pero sus protestas fueron en vano. El gol fue concedido.
«Lo hice con la cabeza de Maradona pero con la mano de Dios», declararía más tarde, en la frase que se convertiría en su epitafio y en la justificación de un acto de picardía que, para millones de argentinos, fue una dulce venganza.
Pero la historia de ese día no terminó ahí. Si el primer gol fue un acto de astucia profana, el segundo fue una obra de arte divina. Apenas cuatro minutos después, Maradona recibió el balón en su propio campo y comenzó una carrera que quedaría grabada para siempre. Con el balón pegado al pie izquierdo como si fuera una extensión de su propio cuerpo, se deslizó entre los jugadores ingleses, uno, dos, tres, cuatro, cinco rivales quedaron en el camino, superados por una combinación de velocidad, control y una audacia que desafiaba la imaginación. Finalmente, ante la salida de Shilton, lo eludió con una facilidad pasmosa y empujó el balón al fondo de la red. El estadio —el mundo entero— contuvo la respiración un instante antes de estallar en un rugido de asombro y admiración.
En cuatro minutos, Maradona encapsuló la dualidad de su genio. Fue el tramposo y el mago, el pecador y el salvador. Su actuación contra Inglaterra no fue solo una victoria deportiva; fue una declaración de identidad, un acto de rebelión contra los poderosos, la reivindicación de un pueblo que había sido humillado en el campo de batalla.
Para comprender al hombre que tocó el cielo con las manos en el Estadio Azteca, es necesario viajar a sus orígenes, a las calles polvorientas de Villa Fiorito, donde un niño con un talento descomunal comenzó a soñar con la gloria. Es allí, en la cuna de su infancia, donde comienza la historia de Diego Armando Maradona, el barrilete cósmico que nos enseñó que, a veces, los sueños más salvajes pueden hacerse realidad.
Los orígenes de Maradona: Villa Fiorito y Los Cebollitas (1960–1976)
Diego Armando Maradona, nacido el 30 de octubre de 1960, Diego fue el quinto de ocho hijos de Diego Maradona padre, un obrero de ascendencia guaraní que trabajaba en una fábrica de trituración de huesos, y Dalma Salvadora Franco, «Doña Tota», una mujer de origen gallego e italiano que se desvivía por sus hijos, a menudo saltándose comidas para que ellos pudieran comer.
La casa de los Maradona era una construcción humilde, con paredes de ladrillo sin revocar y un techo de chapa que retumbaba con la lluvia. No había agua corriente ni electricidad, y el espacio era tan reducido que la intimidad resultaba un lujo inexistente. Sin embargo, en medio de la precariedad, la familia encontró en el amor y en la unidad la fuerza para sobrellevar las dificultades. Para el joven Diego había un refugio, un santuario donde escapar de la dureza de la realidad: el potrero.
«Las Siete Canchitas», un terreno baldío cercano a su casa, se convirtió en su primer escenario. Allí, con una pelota hecha de trapos o cualquier objeto redondo que encontrara, comenzó a desarrollar una relación casi simbiótica con el balón que parecía desafiar las leyes de la física. Su padre, Don Diego, un hombre de pocas palabras pero de carácter férreo, inculcó en sus hijos el valor del trabajo y el sacrificio. Doña Tota, con su amor incondicional y su fe inquebrantable, fue el refugio emocional de Diego, la persona que siempre creyó en su talento y que lo protegió de las adversidades.
El hombre que le cambiaría la vida fue Francisco Cornejo, un entrenador de juveniles que, al ver a ese niño de ocho años hacer malabares con el balón con una habilidad pasmosa, se quedó sin palabras. «Parecía que la pelota no se le despegaba nunca del pie. Tenía un control que no era normal para un chico de su edad», recordaría Cornejo. La primera impresión fue tan impactante que llegó a dudar de la edad de Diego y le pidió su documento de identidad para confirmar que no lo estaban engañando.
Así nació la leyenda de Los Cebollitas, el equipo de la clase 1960 de Argentinos Juniors que, bajo la tutela de Cornejo y con Maradona como estrella indiscutible, se convirtió en una máquina de ganar. Con Diego como director de orquesta, ese equipo de niños humildes logró una racha de 136 partidos invictos, un récord que aún hoy parece increíble. No solo dominaron los torneos locales, sino que también viajaron a Perú y Uruguay, dejando una estela de asombro a su paso.
La fama del pibe de oro comenzó a crecer, y el 28 de septiembre de 1971 el diario Clarín publicó la primera nota sobre él, aunque con un error en el apellido: «Caradona». Ya entonces, su talento era tan evidente que durante los entretiempos de los partidos de la primera división de Argentinos Juniors entretenía al público haciendo malabares con la pelota, un espectáculo que se convirtió en una atracción en sí misma.
La infancia de Maradona no fue solo fútbol. Fue también la experiencia de la pobreza, la solidaridad familiar, la picardía de la calle y la formación de un carácter rebelde y contestatario. Fue en Villa Fiorito donde aprendió a desconfiar de la autoridad, a luchar por lo suyo y a no rendirse jamás. Esas lecciones, aprendidas en el barro del potrero y en la dureza de la vida cotidiana, serían tan importantes como su talento innato para forjar al hombre y al futbolista que el mundo llegaría a conocer y a venerar. El niño que soñaba con jugar un Mundial y sacar a su familia de la pobreza estaba a punto de dar el primer paso hacia la realización de sus sueños, un camino que lo llevaría a la cima del mundo pero que también estaría plagado de peligros y tentaciones.
El debut profesional de Maradona en Argentinos Juniors (1976–1981)
El 20 de octubre de 1976, a solo diez días de cumplir los 16 años, el nombre de Diego Armando Maradona quedó inscrito para siempre en los anales del fútbol profesional argentino. El escenario fue el modesto estadio de Argentinos Juniors, en el barrio de La Paternal, y el rival, Talleres de Córdoba, uno de los equipos más potentes de la época.
Juan Carlos Montes, el entrenador de Argentinos, consciente del diamante en bruto que tenía en el banquillo, se acercó al joven Maradona en el entretiempo y le dio una instrucción que revelaba tanto la confianza en su talento como la esencia del fútbol argentino: «Vaya, pibe, juegue como usted sabe y, si puede, tire un caño». Con el número 16 en la espalda, Diego saltó al campo y, en la primera pelota que tocó, cumplió la orden con una naturalidad insultante, deslizando el balón entre las piernas de Juan Domingo Cabrera. El murmullo de la grada se convirtió en un rugido de aprobación. Habían sido testigos del nacimiento de una estrella.
«Ese día toqué el cielo con las manos», confesaría Maradona años después, una frase que reflejaba la profunda emoción de un niño que había cumplido el sueño de su vida, el de su familia y el de todo un barrio.
En 1977, Maradona se adueñó de la camiseta número 10 y se convirtió en el líder indiscutible de un equipo que, gracias a su genio, comenzó a competir de igual a igual con los grandes del fútbol argentino. Jugó 49 partidos y marcó 19 goles, pero más allá de las cifras fue su capacidad para desequilibrar y para inventar jugadas imposibles lo que cautivó a los aficionados. Durante un partido contra Huracán, se dice que marcó uno de los goles más extraordinarios de su carrera: una apilada de rivales desde su propio campo que, lamentablemente, no fue registrada por las cámaras de televisión y quedó como leyenda oral transmitida de generación en generación.
Su talento era tan deslumbrante que los principales clubes de Europa y Sudamérica comenzaron a preguntar por él. Pero Diego, aconsejado por su primer representante, Jorge Cyterszpiler, decidió quedarse en Argentinos, un club que le ofrecía la tranquilidad necesaria para seguir creciendo sin la presión de los gigantes.
Sin embargo, 1978 trajo consigo la primera gran decepción de su carrera. Con la Copa del Mundo a punto de celebrarse en Argentina, Maradona era una de las figuras más destacadas del campeonato local y su inclusión en la selección nacional argentina parecía segura. César Luis Menotti, el seleccionador argentino, un hombre de profundas convicciones futbolísticas que priorizaba el juego de toque y la posesión, lo había convocado para varios amistosos. Pero a la hora de dar la lista definitiva de 22 jugadores, el nombre de Maradona no apareció. Menotti, en una decisión que generaría un debate eterno, optó por jugadores más experimentados como Norberto Alonso y Ricardo Villa, considerando que Diego, con solo 17 años, era «demasiado joven» para soportar la presión de un Mundial en casa. «Prefiero tenerlo llorando en mi hombro ahora, y no que llore todo el país después», declaró el entrenador, en una frase que quedó para la historia.
Lejos de hundirlo, la decepción fortaleció a Maradona. En los años siguientes se convirtió en una máquina de hacer goles y de romper récords. Fue el máximo goleador del campeonato argentino durante cinco temporadas consecutivas, un logro sin precedentes que lo consolidó como el mejor futbolista del país. En 1979 lideró a la selección juvenil argentina a la conquista del Mundial Sub-20 de Japón, un torneo en el que deslumbró al mundo con su talento y su carisma.
Mientras su carrera profesional despegaba, su vida personal también comenzaba a tomar forma. Se mudó con su familia a una casa más cómoda en La Paternal, cerca del estadio de Argentinos, y comenzó una relación con Claudia Villafañe, quien se convertiría en su esposa y en una figura central a lo largo de su tumultuosa vida.
Para 1981, Argentinos Juniors se había quedado pequeño para la dimensión de su talento. Los grandes clubes de Argentina se disputaban su fichaje, pero fue Boca Juniors, el club de sus amores, el que finalmente se hizo con sus servicios. La transferencia fue un acontecimiento nacional, y su presentación en La Bombonera, bajo una lluvia torrencial, se convirtió en una escena icónica. Con la camiseta azul y oro, Maradona cumplía otro de sus sueños de infancia. La etapa en Argentinos Juniors llegaba a su fin, pero dejaba un legado imborrable.
Maradona en Boca Juniors y su llegada al FC Barcelona (1981–1984)
El traspaso de Diego Maradona a Boca Juniors en 1981 fue mucho más que una simple transacción deportiva; fue la materialización de un romance largamente anunciado entre el futbolista más talentoso de Argentina y el club más popular del país. La Bombonera se vistió de fiesta para recibir a su nuevo ídolo. La llegada de Maradona generó una euforia colectiva que se tradujo en un aumento masivo de socios y en una atención mediática sin precedentes.
A pesar de la enorme presión que conllevaba vestir la camiseta azul y oro, Diego no defraudó. En su primer Superclásico contra River Plate, el eterno rival, marcó un gol antológico, una obra de arte de velocidad, habilidad y definición que quedó grabada en la memoria de los hinchas. Liderado por Maradona, y acompañado por jugadores de la talla de Miguel Ángel Brindisi y Hugo Gatti, Boca se consagró campeón del Torneo Metropolitano de 1981, el único título que Diego ganaría en su país. Fue una etapa breve, de apenas un año, pero intensa y cargada de momentos inolvidables que sellaron para siempre su idilio con la hinchada xeneize.
La crisis económica que atravesaba el país y el club hicieron inviable su continuidad, y la oferta del FC Barcelona se presentó como una salida inevitable.
Con el título de campeón argentino bajo el brazo, Maradona llegó al Mundial de España 1982 como la gran esperanza de una selección que defendía el título obtenido en 1978. Sin embargo, la Copa del Mundo se convertiría en una amarga decepción. Argentina, dirigida nuevamente por César Luis Menotti, no logró encontrar el funcionamiento colectivo del torneo anterior, y Maradona, sometido a una marca personal asfixiante, no pudo brillar en todo su esplendor.
El debut con derrota ante Bélgica fue un presagio de lo que vendría. Si bien marcó dos goles en la victoria contra Hungría, su participación estuvo marcada por la frustración y la impotencia. La eliminación en la segunda fase, tras caer ante Italia y Brasil, se selló con una imagen que resumía toda esa impotencia: su expulsión en el partido contra Brasil por una patada descalificadora a Batista. El sueño de la gloria mundialista debería esperar.
A pesar del traspié en el Mundial, el prestigio de Maradona seguía intacto en Europa. El FC Barcelona, uno de los clubes más poderosos del mundo, pagó una cifra récord de alrededor de 7,7 millones de dólares por su traspaso, convirtiéndolo en el futbolista más caro de la historia hasta ese momento. Su llegada a la ciudad condal generó una enorme expectación, pero la etapa en el Barça estaría marcada por la mala fortuna y los conflictos. A los pocos meses de su llegada, un diagnóstico de hepatitis lo mantuvo alejado de las canchas durante varios meses. Cuando finalmente parecía encontrar su mejor forma, liderando al equipo a la conquista de la Copa del Rey y la Copa de la Liga en 1983, sufrió una de las lesiones más graves de su carrera.
El 24 de septiembre de 1983, en un partido de liga contra el Athletic de Bilbao, el defensor Andoni Goikoetxea, apodado «el carnicero de Bilbao», le propinó una entrada criminal por detrás que le fracturó el tobillo izquierdo. La imagen de Maradona retorciéndose de dolor en el césped del Camp Nou dio la vuelta al mundo y generó una ola de indignación. La recuperación fue larga y dolorosa, y aunque logró volver a jugar esa misma temporada, la lesión dejó secuelas físicas y psicológicas que lo acompañarían durante el resto de su carrera. Su relación con la directiva del Barcelona, presidida por Josep Lluís Núñez, ya estaba rota; Maradona se sentía desprotegido por el club y criticaba abiertamente la falta de mano dura contra la violencia en el fútbol español.
El punto de no retorno llegó en la final de la Copa del Rey de 1984, precisamente contra el Athletic de Bilbao. El partido, disputado en un ambiente de extrema tensión, terminó con una batalla campal en la que Maradona fue uno de los principales protagonistas, respondiendo con patadas y puñetazos a las provocaciones de los jugadores vascos. La bochornosa imagen fue la gota que colmó el vaso. La directiva del Barcelona, cansada de los escándalos y la vida nocturna de su estrella, decidió ponerlo en el mercado.
Fue entonces cuando apareció en escena un club modesto del sur de Italia, el Napoli, dispuesto a hacer una locura para fichar al mejor jugador del mundo. En una operación que volvió a romper todos los récords, el club napolitano pagó alrededor de 8,4 millones de dólares por su traspaso. La etapa de Maradona en Barcelona llegaba a su fin de manera abrupta y conflictiva. A pesar de los títulos obtenidos, la sensación era agridulce. Para Diego, el traslado a Nápoles no era un paso atrás, sino una oportunidad de resurrección, el comienzo de una nueva aventura en una ciudad que, como él, vivía el fútbol con una pasión desbordante y que lo adoptaría como su hijo pródigo, su salvador, su dios.
El dios de Nápoles: Maradona y el Napoli en sus años dorados (1984–1987)
Si la llegada de Maradona a Barcelona había sido un acontecimiento, su presentación en Nápoles el 5 de julio de 1984 fue un evento de proporciones bíblicas. Más de 75,000 almas abarrotaron el Stadio San Paolo, no para ver un partido, sino para presenciar la llegada de un mesías. El Napoli, un club históricamente relegado a un segundo plano por los gigantes industriales del norte de Italia —Juventus, AC Milan, Inter de Milán—, había hecho la apuesta más audaz de su historia, rompiendo por segunda vez el récord del traspaso más caro del mundo para fichar al genio argentino.
El impacto fue inmediato y visceral. La ciudad se cubrió de murales con su rostro, los recién nacidos eran bautizados con su nombre y en las calles se respiraba un fervor casi religioso. Maradona, con su origen humilde y su carácter rebelde, conectó de inmediato con el alma napolitana. A diferencia de la distante y burguesa Barcelona, Nápoles era caótica, pasional y anárquica, un espejo de su propia personalidad. «Quiero convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Nápoles, porque son como era yo en Buenos Aires», declaró en su presentación, sellando un pacto de amor eterno con la ciudad.
El camino hacia la gloria, sin embargo, no fue fácil. La Serie A italiana de los años 80 era el campeonato más duro y táctico del mundo, un campo de minas para los jugadores creativos. En sus dos primeras temporadas, a pesar de los destellos de su inmenso talento, Maradona y el Napoli no lograron pasar de la mitad de la tabla. La presión era inmensa, y las críticas no tardaron en llegar. Pero Diego, forjado en la adversidad, no se rindió. Se adaptó a la dureza del catenaccio, aprendió a lidiar con la marca personal implacable y, poco a poco, comenzó a transformar a un equipo de jugadores modestos en una máquina competitiva. El club, bajo la presidencia de Corrado Ferlaino, construyó un equipo a su medida, rodeándolo de jugadores de calidad como el brasileño Careca y el italiano Bruno Giordano.
La temporada 1986-87 fue la culminación de ese proceso. Con un Maradona en estado de gracia tras haber conquistado la Copa del Mundo en México, el Napoli se lanzó a la conquista del Scudetto. Fue una campaña épica, una batalla librada cada domingo contra los poderosos equipos del norte, especialmente contra la Juventus de Michel Platini, el gran rival de Maradona en la lucha por el trono del fútbol mundial. El 10 de mayo de 1987, en un San Paolo convertido en volcán en erupción, un empate 1-1 contra la Fiorentina fue suficiente para asegurar el primer título de liga en la historia del club.
La ciudad estalló en una celebración que duró semanas, un carnaval de alegría desenfrenada que liberó décadas de frustración contenida. Se celebraron funerales simbólicos de los equipos del norte, los cementerios se llenaron de pintadas que decían «¡No saben lo que se perdieron!» y la imagen de Maradona fue elevada a la categoría de divinidad. San Gennaro, el patrón de la ciudad, tenía un nuevo competidor.
Pero la vida de un dios en la tierra tiene un precio. La adoración de los napolitanos se convirtió en una jaula de oro. Maradona no podía caminar por la calle, no podía ir a un restaurante ni llevar una vida normal. Su privacidad desapareció por completo.
Su vida personal también se vio sacudida. Mientras su relación con Claudia Villafañe se consolidaba con el nacimiento de sus hijas Dalma y Gianinna, su vida nocturna era un torbellino de excesos. En medio de ese caos nació Diego Sinagra, fruto de una relación extramatrimonial con una joven napolitana, un hijo al que se negaría a reconocer durante décadas, añadiendo una capa de complejidad y contradicción a su ya de por sí turbulenta vida.
El Scudetto de 1987 marcó el apogeo de la era de Maradona en Nápoles. Había cumplido su promesa, había llevado a los desheredados a la cima del fútbol italiano. Pero mientras la ciudad celebraba a su héroe, las semillas de la autodestrucción ya habían sido plantadas. El dios de Nápoles era un hombre profundamente humano, vulnerable y atormentado, y su descenso a los infiernos, aunque todavía lejano, ya había comenzado.
La mano de Dios y la consagración de Maradona en el Mundial de México 1986
El Mundial de México 1986 no fue simplemente un torneo de fútbol para Argentina; fue un viaje de redención nacional, y Diego Armando Maradona fue su profeta y su guía. Después de la humillación militar en la Guerra de las Malvinas en 1982 y la decepcionante actuación en el Mundial de España ese mismo año, el país necesitaba desesperadamente un motivo para creer de nuevo.
Carlos Salvador Bilardo, un entrenador metódico y pragmático, a menudo tildado de «antifútbol» por su énfasis en el resultado por encima del espectáculo, había construido un equipo sólido y trabajador, pero le faltaba la chispa de genialidad necesaria para aspirar a la gloria. Esa chispa era Maradona. Bilardo, en un acto de fe y de astucia, le entregó el brazalete de capitán y diseñó un innovador esquema táctico 3-5-2 con el único propósito de liberarlo de las ataduras defensivas y permitirle desatar todo su potencial creativo.
La campaña argentina fue un crescendo de emociones. Tras una fase de grupos sólida, el equipo comenzó a mostrar su verdadero potencial en las rondas eliminatorias. Pero fue en los cuartos de final, contra Inglaterra, donde la historia del fútbol se partió en dos. El partido, cargado de una tensión que excedía lo deportivo, se convirtió en el lienzo sobre el que Maradona pintó su obra maestra. El primer gol, la «Mano de Dios», fue un acto de astucia callejera, una transgresión a las reglas que, para muchos argentinos, fue una dulce venganza por la afrenta de las Malvinas. El segundo, el «Gol del Siglo», fue una sinfonía de habilidad, velocidad y coraje, una carrera de 60 metros en la que dejó sembrados a medio equipo inglés antes de definir con una frialdad pasmosa. En cuatro minutos, Maradona había pasado de pecador a redentor, de villano a héroe.
Tras la hazaña contra Inglaterra, el camino hacia la final parecía despejado. En las semifinales, Argentina se enfrentó a una Bélgica talentosa pero inferior, y una vez más Maradona se encargó de marcar la diferencia. Con dos goles de antología en el segundo tiempo, uno de ellos una réplica casi exacta del «Gol del Siglo», selló el pase a la final.
El genio estaba en su apogeo, y Argentina se subía a sus hombros. Su actuación en ese Mundial fue una de las más dominantes que se recuerdan: participó en 10 de los 14 goles argentinos, marcando 5 y asistiendo en otros 5.
La final, disputada el 29 de junio en un Estadio Azteca repleto, fue contra la poderosa Alemania Federal, un equipo rocoso y disciplinado dirigido por Franz Beckenbauer. El partido fue una batalla épica, un choque de estilos entre la creatividad argentina y la solidez alemana. Argentina se adelantó 2-0 con goles de José Luis Brown y Jorge Valdano, y parecía tener el partido controlado. Pero los alemanes, fieles a su espíritu indomable, lograron empatar en dos jugadas a balón parado, silenciando a los miles de hinchas argentinos presentes en el estadio. Faltaban menos de diez minutos para el final, y el fantasma de la prórroga comenzaba a sobrevolar el Azteca.
Fue entonces, en el momento de mayor incertidumbre, cuando la figura de Maradona emergió una vez más. Rodeado por una maraña de jugadores alemanes, logró filtrar un pase milimétrico de una lucidez asombrosa para Jorge Burruchaga, quien, tras una carrera memorable, batió al portero Harald Schumacher para marcar el 3-2 definitivo. No fue un gol de Maradona, pero fue su gol. Su capacidad para ver el pase donde nadie más lo veía, su generosidad en el momento crucial, demostraron que no solo era un genio individual, sino también un líder capaz de hacer mejores a sus compañeros.
El pitido final desató la locura. Argentina era campeona del mundo por segunda vez en su historia. Maradona, en el centro del campo, lloraba de alegría mientras sus compañeros lo levantaban en andas. La imagen de Diego besando la Copa del Mundo se convirtió en un ícono, en el símbolo de una victoria que trascendía lo deportivo. Era el triunfo de un equipo, pero sobre todo, era el triunfo de un hombre que había cumplido su promesa. La victoria en México 86 no solo le dio a Argentina un título mundial; le devolvió el orgullo y la alegría a un pueblo que los necesitaba desesperadamente. Y consagró a Diego Armando Maradona, el pibe de Villa Fiorito, como el mejor futbolista del planeta, un dios del fútbol que había tocado el cielo con las manos.
El apogeo napolitano de Maradona: el Scudetto, la Copa de la UEFA y la caída (1987–1992)
Después de la conquista del primer Scudetto en 1987, Nápoles vivía en un estado de euforia permanente, y Diego Maradona era su rey indiscutible. La ciudad, que lo había adoptado como un hijo pródigo, ahora lo veneraba como a un dios. Cada domingo, el Stadio San Paolo era un templo donde se rendía culto al número 10, un genio que había desafiado a los poderosos del norte y había puesto al sur en el mapa del fútbol italiano.
En 1989, Maradona llevó al Napoli a la conquista de la Copa de la UEFA, el único título internacional en la historia del club, consolidando su estatus de leyenda. Un año después, en 1990, repitió la hazaña en la liga, ganando el segundo Scudetto en una temporada reñida y polémica. Maradona estaba en la cima del mundo, el futbolista más famoso y mejor pagado del planeta, y Nápoles era su reino.
Pero el éxito, como una droga, tenía su lado oscuro. La presión de ser el ídolo de una ciudad entera era inmensa, y la fama se había convertido en una jaula de oro que lo privaba de cualquier atisbo de normalidad. Para escapar de esa presión, Maradona se refugió en una vida de excesos. Las fiestas se convirtieron en sus compañeros de viaje.
Para el Mundial de Italia 1990, Argentina, la campeona del mundo, llegó al torneo con un equipo diezmado por las lesiones y lejos de su mejor nivel. Pero con un Maradona que, a pesar de no estar en su plenitud física, seguía siendo capaz de decantar la balanza con una sola jugada, el equipo logró avanzar a trompicones hasta las semifinales. El destino, con su ironía habitual, quiso que el rival fuera la anfitriona, Italia, y que el partido se disputara en Nápoles, en el Stadio San Paolo.
Argentina eliminó a Italia en la tanda de penaltis, con un Maradona que, con el tobillo hinchado, marcó su lanzamiento con una frialdad asombrosa. Pero la victoria tuvo un sabor amargo. A partir de ese día, Maradona pasó de ser un dios a ser el diablo. La prensa italiana se ensañó con él, y los hinchas de los equipos rivales lo convirtieron en el blanco de sus insultos.
La final contra Alemania Federal fue la crónica de una muerte anunciada. Argentina, agotada física y mentalmente, perdió 1-0 con un polémico penalti en los últimos minutos. La imagen de Maradona llorando desconsoladamente mientras los alemanes levantaban la copa fue el triste epílogo de un Mundial que lo había exprimido hasta la última gota.
El regreso a Nápoles fue el comienzo del fin. El ambiente se había vuelto hostil, y la protección de la que había gozado durante años comenzó a desvanecerse. En marzo de 1991, tras un partido contra el Bari, dio positivo por cocaína en un control antidopaje. La noticia fue una bomba, aunque para muchos en el entorno del fútbol era un secreto a voces. La Federación Italiana de Fútbol no tuvo más remedio que actuar: la sanción fue de 15 meses de suspensión, una de las más largas en la historia del fútbol por un caso de dopaje.
La justicia italiana, que durante años había hecho la vista gorda ante sus excesos, abrió una investigación por posesión y suministro de estupefacientes, basándose en escuchas telefónicas que lo vinculaban con la Camorra. Acorralado, humillado y abandonado por quienes antes lo adulaban, Maradona huyó de Nápoles en abril de 1991, de madrugada y sin despedirse, como un fugitivo. La historia de amor más intensa y pasional del fútbol moderno había terminado de la peor manera posible. El rey abandonaba su reino, dejando atrás un reguero de gloria, excesos y corazones rotos. Nápoles nunca volvería a ser la misma. Y Maradona, tampoco.
El exilio europeo de Maradona: Sevilla y Newell’s Old Boys (1992–1995)
Tras la salida de Nápoles, fue el Sevilla, un equipo de la liga española con aspiraciones de grandeza, el que finalmente se hizo con sus servicios en 1992. El reencuentro con Carlos Bilardo, el entrenador que lo había llevado a la cima en México 86, parecía el escenario ideal para su redención. La expectación en Sevilla era enorme, y la ciudad andaluza lo recibió con los brazos abiertos, anhelando revivir los días de gloria de Nápoles.
La etapa en el Sevilla, sin embargo, fue un reflejo de la montaña rusa emocional que era la vida de Maradona. Hubo destellos de su genio, pases imposibles y goles que recordaban al mejor Diego, pero también conflictos, indisciplina y una evidente falta de forma física. Su relación con Bilardo, que siempre había sido una mezcla de amor y odio paternal, se deterioró rápidamente. Maradona, acostumbrado a ser el centro del universo, no aceptaba la disciplina férrea del entrenador, y los enfrentamientos se hicieron constantes. El punto de no retorno fue un partido en el que Bilardo decidió sustituirlo: su reacción, una sarta de insultos y un desplante público, dinamitó la relación. A final de temporada, tras solo 29 partidos y 7 goles, el Sevilla decidió no renovar su contrato. El exilio europeo había sido un fracaso.
El regreso en 1993 fue un acontecimiento nacional. Newell’s Old Boys, un club de la ciudad de Rosario, logró lo que parecía imposible: convencer a Maradona de volver al fútbol argentino. Su presentación en el estadio del Parque de la Independencia fue un evento multitudinario, una demostración de que, a pesar de sus caídas, el amor del pueblo argentino por su ídolo seguía intacto. La etapa en Newell’s fue breve, de apenas cinco partidos, pero dejó una huella imborrable. Su presencia revolucionó la ciudad y el club, convirtiéndolo en protagonista de la vida futbolística argentina durante ese breve período. Sin embargo, los viejos demonios seguían acechando. La presión mediática, los problemas personales y la falta de constancia le impidieron encontrar la regularidad deseada.
La vida personal de Maradona en los años noventa fue un torbellino de crisis. Sus adicciones, lejos de desaparecer, se había agravado. Los escándalos se sucedían: desde enfrentamientos con la prensa —incluido el tristemente célebre episodio en el que disparó con un rifle de aire comprimido a un grupo de periodistas que hacían guardia en la puerta de su casa de campo— hasta problemas legales y el reconocimiento forzado de hijos extramatrimoniales, como el de Diego Sinagra. Su matrimonio con Claudia Villafañe, que había sido su ancla durante años, se resquebrajó bajo el peso de las infidelidades y los excesos. La imagen del ídolo se desmoronaba, revelando a un hombre frágil, perdido y autodestructivo.
El regreso de Maradona a Boca Juniors y su retiro definitivo (1995–1997)
En 1995, Diego Maradona necesitaba un lugar donde sentirse querido, un refugio donde poder ser él mismo. Y ese lugar no podía ser otro que Boca Juniors, el club que llevaba tatuado en el corazón.
Su regreso a La Bombonera fue un acontecimiento que paralizó al país. Con un look extravagante y el pelo teñido con una franja amarilla, Maradona volvía a vestirse de futbolista, a pisar el césped que lo había visto campeón en 1981, esta segunda etapa en Boca fue más un acto de amor y de nostalgia que una gesta deportiva. A sus 35 años, Maradona ya no era el jugador explosivo y desequilibrante de antaño. Su físico, castigado por años de excesos y de batallas en el campo de juego, le pasaba factura.
El 25 de octubre de 1997, en un Superclásico contra River Plate en el Estadio Monumental, Maradona jugó su último partido como profesional, en el entretiempo, fue sustituido por un joven prometedor llamado Juan Román Riquelme, en una suerte de paso de antorcha entre dos de los más grandes ídolos de la historia de Boca. Cinco días después, el día de su 37° cumpleaños, anunció su retiro definitivo.
Maradona director técnico: de la selección argentina a los Dorados de Sinaloa y Gimnasia La Plata (2008–2020)
En 2008, en una decisión que sacudió al fútbol mundial, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) lo nombró seleccionador nacional.
La apuesta era arriesgada: entregarle el timón del equipo más importante del país a un hombre sin apenas experiencia como entrenador, cuya vida personal era un torbellino de polémicas. Pero la AFA, presidida por el eterno Julio Grondona, apostó por el poder místico de Maradona, por su capacidad para motivar a los jugadores y para unir a un país detrás de su figura.
La etapa al frente de la selección fue, como toda su vida, una montaña rusa de emociones. La fase de clasificación para el Mundial de Sudáfrica 2010 fue un calvario, con derrotas humillantes como un 6-1 ante Bolivia en La Paz y una caída histórica ante Brasil en Rosario. Las críticas arreciaban y muchos pedían su cabeza. Pero Maradona, fiel a su estilo, se atrincheró y culpó a la prensa.
En Sudáfrica, el equipo, liderado en el campo por un joven Lionel Messi, mostró una cara diferente. Con un Maradona que vivía los partidos desde la línea de cal con una pasión desbordante, abrazando a sus jugadores como un hincha más, Argentina superó la fase de grupos con puntaje perfecto.
Pero en los cuartos de final el sueño se hizo añicos. La joven selección alemana le propinó a Argentina una goleada histórica de 4-0 que desnudó todas las carencias tácticas del equipo. La imagen de un Messi desolado y un Maradona intentando consolarlo fue el triste final de una aventura que había ilusionado a todo un país. Tras el Mundial, la AFA decidió no renovarle el contrato.
En septiembre de 2018, sorprendió al mundo al asumir como entrenador de los Dorados de Sinaloa, un equipo de la segunda división de México, en pleno corazón del territorio del narcotráfico. Muchos vieron en esta decisión un movimiento desesperado. Los críticos cuestionaban su cordura: ¿cómo podía un hombre de su edad y con sus problemas de salud dirigir en una de las regiones más peligrosas del país? Pero Maradona, con su intuición característica, vio algo que otros no veían. En una entrevista de presentación, declaró con una sinceridad desarmante: «Este es mi renacimiento. Aquí voy a dar todo lo que tengo. Vengo a ayudar a esta gente, a esta ciudad».
Cuando llegó a Culiacán, los Dorados estaban en la parte baja de la tabla, un equipo sin esperanza ni fe. Su llegada transformó todo. El carisma del argentino, su pasión contagiosa y su sabiduría futbolística revitalizaron a un plantel que parecía condenado al fracaso. En los entrenamientos, Maradona no solo enseñaba tácticas; transmitía una filosofía de vida. Sus sesiones eran intensas, a veces caóticas, pero siempre llenas de propósito. «Yo no quiero que jueguen como máquinas. Quiero que jueguen con el alma», solía decir, resumiendo su particular visión del fútbol.
Los resultados fueron espectaculares. En cuestión de meses, los Dorados pasaron de ser un equipo en crisis a ser contendientes serios por el ascenso. Maradona los llevó a dos finales consecutivas de la Liguilla, el torneo de playoffs de la segunda división. Aunque no lograron el ascenso a la primera división, el progreso fue innegable. La ciudad de Culiacán, a menudo retratada en los medios internacionales como un lugar de violencia y delincuencia, se convirtió en un escenario de esperanza y celebración futbolística.
Sin embargo, la etapa en Dorados también reveló las limitaciones de Maradona como entrenador. Su falta de disciplina táctica, su incapacidad para mantener la consistencia y sus problemas personales continuos limitaron el potencial del equipo. Además, su salud seguía deteriorándose: las fotos de Maradona en Culiacán muestran a un hombre visiblemente envejecido, con dificultades para caminar y dependiente de medicamentos y cuidados constantes. La pasión por el fútbol seguía ardiendo en su interior, pero su cuerpo ya no podía seguir el ritmo de su espíritu.
En septiembre de 2019, Gimnasia y Esgrima La Plata, un club histórico del fútbol argentino que atravesaba una profunda crisis deportiva, apostó por él como un salvador. Su llegada a La Plata fue una revolución emocional. Cada partido de Gimnasia, de local o de visitante, se convirtió en un evento nacional, una celebración de su vida y su carrera. Los estadios se llenaban no solo de hinchas del club, sino de admiradores de toda la región que querían ver a su ídolo una vez más.
Maradona, visiblemente deteriorado en su salud, con problemas de movilidad que lo obligaban a dirigir sentado en un trono personalizado en el banquillo, disfrutaba de ese último baño de multitudes con una mezcla de gratitud y melancolía. Aunque los resultados deportivos fueron inconsistentes, su impacto emocional fue incalculable. Gimnasia logró evitar el descenso, un objetivo que parecía imposible cuando él llegó. Pero la salud de Diego ya era una preocupación nacional que iba mucho más allá del fútbol.
Sus apariciones públicas eran cada vez más esporádicas y preocupantes. En octubre de 2020, en su 60° cumpleaños, la imagen de Maradona en el estadio de Gimnasia fue la última que el mundo vería de él en una cancha. Parecía un fantasma de sí mismo, un hombre que libraba su última batalla no contra un equipo rival, sino contra su propio cuerpo, contra los años de excesos, contra la implacable marcha del tiempo.
Los últimos días y la muerte de Diego Armando Maradona (2020)
El 30 de octubre de 2020, el día de su 60° cumpleaños, el mundo vio por última vez a Maradona en una cancha de fútbol. Fue en el estadio de Gimnasia y Esgrima La Plata, en un homenaje que pretendía ser una celebración pero que se convirtió en un presagio de la tragedia. La imagen era desoladora: un Maradona hinchado, con dificultades para hablar y para mantenerse en pie, apenas pudo esbozar una sonrisa antes de retirarse, ayudado por su entorno. Tres días después fue internado en una clínica de La Plata por un cuadro de anemia y deshidratación. Los estudios revelaron un problema mucho más grave: un hematoma subdural en el cerebro, un coágulo que requería cirugía de urgencia.
La operación, realizada en una clínica de Olivos, fue un éxito. El país contuvo la respiración durante horas y celebró el parte médico favorable como si fuera un gol en una final del mundo. Una multitud de hinchas se congregó en las puertas de la clínica para expresarle su apoyo, en una nueva demostración de ese amor incondicional que solo él era capaz de generar.
Tras ocho días de internación, Maradona fue dado de alta, pero no para volver a su casa sino para continuar su recuperación en una residencia alquilada en un barrio privado de Tigre. La decisión, tomada por su familia y su equipo médico, buscaba alejarlo de las malas influencias y garantizar un control estricto de su salud.
El 25 de noviembre de 2020, el corazón de Diego Armando Maradona dijo basta. Murió solo, en su habitación, a causa de un edema agudo de pulmón secundario a una insuficiencia cardíaca crónica reagudizada. Su corazón, que pesaba el doble de lo normal, y sus riñones y pulmones, gravemente deteriorados, no resistieron más.
La noticia cayó como una bomba en Argentina y en el mundo entero. El país se paralizó. La incredulidad inicial dio paso a un llanto colectivo, a un duelo nacional que trascendió las clases sociales, las ideologías políticas y las rivalidades futbolísticas. El pibe de Fiorito, el barrilete cósmico, el dios del fútbol, se había vuelto mortal.
Las calles de Buenos Aires se convirtieron en un santuario popular, un altar a cielo abierto donde se mezclaban las lágrimas, los cantos, las camisetas de todos los equipos y las ofrendas improvisadas. Desde Nápoles, donde la ciudad se declaró en luto oficial, hasta los rincones más remotos del planeta, su figura fue homenajeada. Futbolistas, artistas, líderes políticos, todos rindieron tributo al genio que había maravillado al mundo con su zurda inmortal.
Tras el dolor y la conmoción, llegó la rabia y la búsqueda de responsables. La autopsia reveló que Maradona no había recibido el tratamiento adecuado para su condición cardíaca y que su agonía había durado varias horas. La justicia abrió una investigación por homicidio con dolo eventual, y siete miembros de su equipo médico, incluido su neurocirujano, Leopoldo Luque, y su psiquiatra, Agustina Cosachov, fueron imputados. Los audios y mensajes que salieron a la luz revelaron un cuadro de abandono y de negligencia estremecedor. La junta médica que analizó el caso concluyó que el accionar del equipo de salud fue «inadecuado, deficiente y temerario», y que Maradona «hubiera tenido más chances de sobrevida» si hubiera sido atendido en una institución médica adecuada.
El legado eterno de Diego Armando Maradona en la cultura y el deporte
El legado de Diego Armando Maradona es inmenso. Maradona redefinió la posición del «número 10», convirtiéndola en el epicentro del juego, el punto de partida de toda la creatividad ofensiva. Su capacidad para controlar el balón en espacios reducidos, su visión periférica para encontrar pases imposibles y su habilidad para desequilibrar con una gambeta endiablada inspiraron a generaciones de futbolistas. Jugadores como Zinedine Zidane, Ronaldinho y, por supuesto, Lionel Messi, han reconocido la influencia de Maradona en su forma de entender el juego.
Pero más allá de la técnica, Maradona transmitió una forma de vivir el fútbol: una pasión desbordante, un sentido de pertenencia y un compromiso con la camiseta que conectó profundamente con los aficionados. Su liderazgo en el Mundial de 1986, donde se echó al equipo al hombro y lo llevó a la gloria, se convirtió en el arquetipo del héroe que, contra todo pronóstico, es capaz de alcanzar lo imposible.
«Para mí, Maradona es el más grande de todos los tiempos. No solo por lo que hacía en la cancha, sino por lo que transmitía, por cómo sentía el fútbol. Jugaba con el corazón en la mano», afirmó Lionel Messi, el heredero de su trono, en una de las tantas muestras de admiración que recibió de sus colegas.
Es un fenómeno que, más allá de su excentricidad, revela la profunda necesidad de creer en héroes populares, en figuras que, a pesar de sus imperfecciones, son capaces de generar un sentimiento de pertenencia y de orgullo colectivo. Su figura se ha convertido en objeto de estudio académico, con congresos universitarios dedicados a analizar su impacto en la sociedad, la política y el arte. Es el espejo en el que se mira Argentina, un país que se reconoce en sus contradicciones, en su pasión desbordada, en su genialidad y en su capacidad para renacer de sus cenizas.
En Nápoles, su legado es, si cabe, aún más palpable. Maradona no solo le dio al Napoli los dos únicos Scudettos de su historia; le devolvió la dignidad a una ciudad estigmatizada y marginada. Se convirtió en el símbolo de la revancha del sur contra el norte, en el héroe que desafió al poder establecido y ganó. El cambio de nombre del Stadio San Paolo al Stadio Diego Armando Maradona, tras su muerte, fue un acto de justicia poética, la confirmación de que su nombre estará ligado para siempre a la historia de la ciudad. Los murales con su rostro, que adornan cada rincón de Nápoles, son la prueba de un amor que el tiempo no ha logrado borrar.
La pregunta sobre si fue el mejor futbolista de todos los tiempos seguirá siendo motivo de discusión. Pelé, Messi, Cristiano Ronaldo: todos tienen argumentos para reclamar ese trono. Pero lo que es innegable es que ninguno de ellos tuvo el impacto cultural y social de Maradona. Su vida fue una ópera, un drama con momentos de gloria sublime y de tragedia desgarradora. Fue el pibe de Fiorito que conquistó el mundo, el barrilete cósmico que nos hizo creer que todo es posible, el hombre que nos enseñó que, a veces, los dioses también sangran. Y es por eso que su legado, como la pelota que tanto amó, nunca se manchará.